En mi vida he visto decenas de exposiciones, instalaciones, obras de arte, quizá centenas; sin embargo, lo que sucedió el martes 6 de agosto en el Centro Cultural de España de Santiago me tiene aún con la cabeza en otra parte. El arte ya no puede consigo mismo y, si no es hacia su afuera, entonces también implosionará.

Cecilia Vicuña lleva más de medio siglo de silencioso, constante y original trabajo y la presentación de su proyecto Minga del cielo oscuro creo es la pieza final o la que le da un sentido mayor, superlativo, literalmente cósmico, a todo lo anterior. La obra interdisciplinaria es el resultado de una residencia artística, Quyllur, a la que fue invitada y que tiene que ver con el natural cruce entre el mundo ancestral y el astronómico. Por ejemplo, el Camino del Inca, Qhapaq Ñan, y como esas súper carreteras de la información ancestral llegan hoy al Cern y al observatorio La Silla de la ESO (European Southern Observatory).

La poeta estuvo acompañada de Cecilia Sanhueza, historiadora del Museo de Arte Precolombino, que mostró como las saywas o túmulos en esos caminos incas no sólo eran ‘señales de ruta’ sino que también un calendario astronómico y el derrotero del camino de un dios como lo es el Sol en el mundo andino. Alineados según las efemérides celestes eran también una celebración de la Pachamama que en los primeros días de agosto, como esta semana, renace con hambre de gratitud bajo esas constelaciones que unen las zonas oscuras y no los puntos de luz. Animalitos y elementos en el cielo.

Por su parte, el astrónomo Claudio Melo, que de igual modo estuvo en la mesa, se conmovió y habló sobre lo mismo desde el lado duro de las ciencias. El homo sapiens nunca ha dejado de mirar las estrellas y quizá ese sea su comienzo y su final. Los incas y los astrofísicos son exactamente lo mismo, y tuvo que ser Cecilia Vicuña quien, desde la poesía, nos recordara la importancia de la materia oscura en el cosmos, que en el lenguaje son los significados que están vaciados en cada una de las palabras de cualquier idioma como si cada una de ellas fuera un cuerpo celeste. Ciertamente tuvo un montón de hermosos lapsus, errores que no son tales porque significaron en vivo la creación de nuevas palabras que iba anotando como si fueran las coordenadas de ese cielo oscuro de su minga.

La astronomía actual es el resultado de la cooperación de decenas de países y hay allí un ejemplo que no sólo es científico sino como especie, en el mejor de los sentidos. Sólo llegamos a lo humano cuando creamos y pensamos con la humanidad. Cecilia convocó a otros artistas para la obra como son las mingas de las casas en el cielo. Una obra que es todo lo que camina hacia la oscuridad y que nos recuerda que como homínidos somos cromo/somas, es decir, cuerpos de luz. Cada uno de los espectadores es también parte de la minga en su llamado a pensarnos, sentirnos, tratar de entendernos.

Leyó poemas que eran verdaderas iluminaciones, habló en lenguas del futuro y nos hizo pensar en Novalis como un poeta inca, un Super Nova/lis o un San Juan de la Cruz del Sur. La poesía para ella es donde decantan todos los conocimientos de lo que somos, tanto el pasado originario como los posibles futuros. Cada palabra encierra el secreto del Big Bang y quienes sepan leer ahí el nacimiento y la muerte del universo sabrán reconocer lo que está pasando con nuestro planeta y nuestra especie. El universo se expande y nosotros nos multiplicamos. Creemos saber más de lo que nos rodea y en realidad es todo lo contrario.

Lo que conocemos del universo oscila entre el 2 y el 5% de un total que el lenguaje no llega aún a crear, no obstante todo él está resumido en cada uno de los signos que nos acompañan desde que estamos aquí. Un tejido, un poema, un cuerpo son todo el cosmos si sabemos leerlos. Las estrellas somos nosotros que hemos incansablemente buscado vida más allá. Según algunas teorías es el Sol la forma de vida inteligente más cercana que tenemos, posee un metabolismo y un sistema autopoiético que no dista de los mamíferos y las algas del fondo del mar. Siglos tras la vida extraterrestre y la hemos visto cada día desde la creación del planeta.

Como digo, Cecilia Vicuña corona con este vínculo con la ciencia astronómica, física de partículas, astrofísica todo lo que ha hecho desde su arte precario de mediados de los años sesenta. Cada palito es un vestigio del paso del Sol, cada piedrita siempre fue el recordatorio de cómo nacen las estrellas. Un quipu y un software son lo mismo tal como las constelaciones incas que leen el vacío y la poesía mística. El Tawantinsuyo es la Vía Láctea y sus cuatro esquinas son la materia, la energía, el tiempo y el espacio. Sin duda el punto al que ha llegado la poeta, la artista, no tiene retorno. Su obra es ya patrimonio de la humanidad y lo que ella está pensando es lo que pensaremos en los siglos venideros.

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