El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid) presenta una retrospectiva de Wifredo Lam que repasa la trayectoria del artista con doscientas cincuenta obras, entre cerámicas, grabados y dibujos. Un creador que, a lo largo de sus ochenta años de vida, transitó por diversos países, estilos y contextos, asimilando la idiosincrasia de cada uno, para crear su propio camino.

Esta muestra, presentada anteriormente en el Centro Pompidou de París, es la segunda que dedica el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía a este pintor cubano. Con ella, en palabras de los comisarios, Manuel-Borja Villel, director del MNCARS, y Catherine David, directora del Pompidou, se busca resituar a Wifredo Lam en el mapa de la historia del arte. Ambos insisten en que el discurso atiende a diversas lecturas que se pueden extraer del artista; ya que él, en sí mismo, evolucionó gracias a los numerosos planteamientos y lenguajes que fue saboreando. Precisamente esta premisa encuentra sus antecedentes en el nacimiento de Lam en Cuba, pero también en sus orígenes familiares: su madre, una cubana mulata; su padre, un comerciante chino.

‘Autorretrato II’. c.1938

El concepto e imagen de lo colonial junto con la cultura ancestral, mitológica y casi mágica que experimentó también en el ambiente familiar, con su madrina Matoñica Wilson, calaron en el joven pintor cuando empezaba sus primeras andanzas en tierra cubana, en la Academia de San Alejandro. Sin embargo, su inquietud por conocer otros escenarios le empujó a los 21 años a emprender el viaje a Europa, en concreto a Madrid. Aterrizó en la ciudad en 1923 para continuar estudiando en la Academia de Bellas Artes. Por entonces reinaba en Lam un estilo academicista que bien reverberan las primeras piezas que aparecen en esta exposición. Pero en el creador cubano los cambios y el ir en busca de otros horizontes se convertirán en cotidianidad, sobre todo cuando, estando en Madrid, descubrió aquello que crecía en París, lugar de excentricidades y vanguardias. En concreto fue la exposición Pinturas y esculturas de españoles residentes en París lo que encenderá su interés por marchar hacia la capital francesa una década después.

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“Composición I”, 1930

En España había conocido la calma y la estabilidad con su primer matrimonio e hijo, además de la modernidad; pero  también sufrió la barbarie, el dolor (su mujer e hijo fallecerían a los pocos años de tuberculosis) y la guerra, en la que apoyó al bando republicano. En Francia no será para menos. Descubrió la estatuaria africana, las máscaras oceánicas y aquellas proveniente de las antiguas Américas, en los talleres de nuevas amistades como Picasso. También entrarán en su vida dos artistas con los que continuará la estrecha relación hasta sus últimos días: André Breton y Benjamin Péret, quiénes además sumaron a su bagaje las prácticas surrealistas. Con todo esto, en 1940 las tropas alemanas, en plena Segunda Guerra Mundial, sitian París y Lam de nuevo se ve obligado a huir. La ciudad en la que se exilia y en la que apenas permanecerá dos años es Marbella. En 1941 se embarca de vuelta a casa.

Cuba le devuelve el lugar de confort para crear su propio lenguaje, fruto de todas las experiencias asimiladas. Muchos relacionan esta etapa de los cuarenta de Wifredo Lam con un surrealismo tardío que le ha costado su identidad como artista. Sin embargo, lo que reproduce en estas pinturas, de las cuáles La jungla es quizás la más conocida, va mucho más allá de reflejar una estética surreal. Con lo que se encuentra en su vuelta es con el rechazo de las relaciones de dominación racial y cultural, un racismo que causa al pueblo cubano miseria y corrupción. En sus obras Wifredo Lam intenta reflejar la idiosincrasia y riqueza que refleja esta tierra desde una visión ante todo natural y animal, para devolver al humano esa espiritualidad de la que parecía carecer. Entre sus influencias y amistades se sitúan los etnólogos Lydia Cabrera y Fernando Ortiz, y al escritor Alejo Carpentier. En sus reuniones este cuarteto multidisciplinar debatirá sobre la tradición, los complejos fenómenos historiográficos que definen a Cuba o la herencia recibida de la cultura africana.

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Wifredo Lam en su estudio.

Su auge como artista le proporciona fama y capital, que invertirá en  viajar y vivir en la década siguiente, la de los 50, en diferentes países. En París coincide con Asher Jorn, integrante del colectivo CoBra, que le servirá de inspiración para dar una vuelta a sus planteamientos. Es entonces cuando la animación y el trazo casi infantil, se apodera de sus lienzos. También experimentará la intensa luz del paisaje Italiano y el color deslumbrante de Asia en países como la India y Tailandia.

Como apunte final cabe señalar el trabajo en cerámica que realizó en sus últimos años de vida. Esto suponía un viaje al pasado -la cerámica como material milenario- implantado en el presente con una estética contemporánea. Al fin y al cabo, pasado y presente, un viaje de ida y vuelta, para situarse.

Para más información sobre las actividades complementarias en torno a la exposición consultar la web del MNCARS

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