Patrocinado por Viajes El Corte Inglés y Costa Cruceros proponemos a nuestros lectores un viaje por el tiempo y el espacio a través de una serie de obras escogidas de la colección del Museo Thyssen Bornemisza, desde Tiziano, Tintoretto, Claudio de Lorena, hasta Van Gogh o Hopper. Eso no es óbice para que los que puedan también se embarquen en el crucero Costa Luminosa y recorran el mundo en cien días

Hay viajes de todo tipo y para todos los gustos, pero este que ofrecemos a nuestros lectores es muy especial, un recorrido en el que hay que agudizar la vista, se trata de contemplar una serie de obras escogidas de la colección del Museo Thyssen-Bornemisza. A través de ellas nos embarcaremos en un viaje que parte de una de las leyendas más conocidas de la Antigüedad y finaliza en el sofá de una estancia, como metáfora no solo del reposo después de un viaje, sino también como comienzo de otro, el que queda pasado un tiempo en nuestro recuerdo.

Nuestra primera parada es una pequeña pero exquisita tabla de Ercole De’Roberti, Los Argonautas abandonan la Cólquida (h. 1480). Esta obra formaba parte de un cassone (arcón nupcial), por una antigua descripción se sabe que tenía en su frente tres escenas separadas por pequeñas columnas. Rememora uno de los episodios de los argonautas (llamados así porque el barco que los transportaba se llamaba Argos).

Los Argonautas abandonan la Cólquida, de Ercole De’Roberti, hacia, óleo sobre tabla. Todas las imágenes, cortesía Museo Thyssen-Bornemisza.

Los Argonautas abandonan la Cólquida, de Ercole De’Roberti, hacia 1480, óleo sobre tabla, 35 x 26,5 cm. Todas las imágenes, cortesía del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.

Estos héroes griegos, comandados por Jasón, emprendieron un azaroso y peligroso viaje para buscar el Vellocino de Oro, el vellón de un carnero alado dotado de poderes mágicos que custodiaba un dragón. Era una empresa imposible, pero gracias a la ayuda de aliados inesperados Jasón sale victorioso. Es una metáfora de un viaje iniciático, de autoconocimiento, en el que el héroe, tras superar una serie de pruebas, alcanzará una dimensión heroica.

En concreto esta tabla, que ha sido cortada en la parte superior y en el lateral derecho, retrata el momento en que “Jasón, con Medea, hija del rey Fineo, abandona la Cólquida, después de conseguir el vellocino de oro”, explica Elisa Sopeña, conservadora del Museo Thyssen-Bornemisza. El paisaje que envuelve al Argos, una coca de casco abarquillado de la época del pintor, “es homogéneo en su trazo y en su colorido, y en él se funden el cielo y el mar, lo que produce un efecto fantástico, como si la nave navegase por el propio cielo”, añade Sopeña. En cambio, para los sofisticados trajes de los personajes, Ercole utiliza unos tonos cálidos y contrastados.

Ahora saltamos casi un siglo y nos detenemos en Venecia de la mano de Tiziano, que nos muestra un personaje que encarna el poder de la Serenísima, Retrato del dux Francesco Vernier (h. 1554-56). Su mandato como dux fue breve, del 11 de junio de 1554 al 2 de junio de 1556 (fecha de su muerte) y estuvo marcado por los conflictos armados y la carestía de la vida.

Retrato del dux Francesco Venier, de Tiziano, hacia 1554-56, óleo sobre lienzo, 113 x 99 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Retrato del dux Francesco Venier, de Tiziano, hacia 1554-56, óleo sobre lienzo, 113 x 99 cm.

El personaje aparece retratado en un interior, de pie, sobre un fondo oscuro, y a su derecha, una cortina. Pero lo que nos interesa es el lado izquierdo del cuadro, y en concreto la ventana a través de la cual podemos ver una vista de la Laguna en la que hay un velero y, detrás de él, un edificio en llamas.

Hay que tener en cuenta que esa laguna encarnaba el poderío y la grandeza de Venecia, gracias a que se habían convertido en los dueños del mar y con ello del comercio. Por eso el dux de Venecia, una vez al año, coincidiendo con el día de la Ascensión, se embarcaba en el Bucintoro (la galera oficial del Estado) y arrojaba su anillo al Adriático, como metáfora de la unión de Venecia con el mar.

Nuestra próxima parada es un óleo donde el paisaje ya alcanza cierto protagonismo, aunque todavía necesita una excusa para representarse en una obra. Paisaje idílico con la huida a Egipto (1663), de Claudio de Lorena. Este pintor, que se inspiró en la campiña de alrededor de Roma para muchas de sus pinturas, llegó a la Ciudad Eterna con doce o trece años. Al poco tiempo estudió durante dos años con el paisajista alemán Goffredo Wals en Nápoles, para volver a Roma, donde entró en el taller del también paisajista Agostino Tassi.

Paisaje idílico con la huida a Egipto, de Claudio de Lorena, 1663, óleo sobre lienzo, 193 x 147 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Paisaje idílico con la huida a Egipto, de Claudio de Lorena, 1663, óleo sobre lienzo, 193 x 147 cm.

A Claudio de Lorena siempre le gustaba pintar un momento crepuscular del día, el atardecer o el amanecer. En este caso se trata de un atardecer en la campiña romana, en el que hay dos grandes árboles por cuyas ramas y hojas se filtra la luz y una atmósfera casi irreal; mientras al fondo de la composición un potente foco luminoso representa la puesta de sol.

Tanta fama adquirieron estos paisajes idílicos de Claudio de Lorena en el siglo XVIII, que los viajeros ingleses que hacían el Grand Tour y que recalaban en Italia, querían ver esos paisajes a través de la mirada del pintor. Para conseguirlo, se puso de moda el Claude Glass o espejo negro (espejo de Lorena); de forma ovalada y ligeramente cóncava, el viajero podía concentrar su mirada en el motivo elegido y aislarlo del resto de la campiña. Además, el espejo tenía una tintura ocre que suavizaba y asemejaba los tonos y colores y se percibía esa famosa “atmósfera lorenaniana”. Incluso se llegaron a fabricar unos modelos de gran tamaño que se incorporaban a los carruajes.

Seguimos en Roma, pero abandonamos la campiña para adentrarnos en la ciudad y, en concreto, a uno de los lugares más bonitos, Piazza Navona, una vista de Gaspar van Wittel de 1699. Este paisajista y gran miniaturista trabajó en Roma de finales del siglo XVII a principios del XVIII, y fue uno de los más destacados paisajistas holandeses y flamencos. Al centrar su atención en la representación panorámica de las ciudades modernas, al contrario que sus antecesores que mostraban las ruinas clásicas, fue el precursor de un tipo de pintura que se conoce como veduta.

Piazza Navona, Roma, de Gaspar van Wittel, 1699, óleo sobre lienzo, 96,5 x 216 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Piazza Navona, Roma, de Gaspar van Wittel, 1699, óleo sobre lienzo, 96,5 x 216 cm.

Van Wittel realizaba estudios a gran tamaño donde podemos ver cómo recalcaba las “ortogonales y un sistema reticular que garantizaba la regularidad de la proporción y la recesión”, explica Ivan Gaskell.

En esta obra, Wittel pone el énfasis en los tres proyectos arquitectónicos que se llevaron a cabo en la remodelación de la plaza del papa Inocencio X Pamphili: la reconstrucción del palacio de la familia Pamphilij, de Girolamo Rainaldi (edificio de la izquierda); la remodelación de la iglesia de Sant’Agnese in Agone, de Borromini (centro a la izquierda), y la fuente de Los cuatro ríos, de Bernini (en el centro).

Seguimos en Italia, pero abandonamos Roma y regresamos de nuevo a Venecia dando un salto en el tiempo, casi un siglo. Y lo hacemos de la mano de uno de los grandes vedutistas, Canaletto, con su óleo El Gran Canal, desde San Vio, Venecia (h. 1723-24). Sus vistas urbanas de Venecia muestran grandes perspectivas de la ciudad, con el rigor de un topógrafo, pero a la vez con ciertas licencias por parte del artista (como pintar el campanile más alto de lo que era en realidad) para dotar a la obra de un equilibrio perfecto.

Estas vedute eran piezas muy cotizadas por los viajeros a su paso por la ciudad lagunar en el Grand Tour, una práctica del siglo XVIII de los jóvenes de la nobleza británica que realizaban un largo viaje por Francia e Italia y que formaba parte de su educación. Al igual que nosotros tomamos fotografías como recuerdo de nuestros viajes, estos jóvenes compraban estas vistas porque eran el “objeto ideal con el que recordar su aventura de juventud”, explica Sopeña.

La plaza de San Marcos en Venecia, de Canaletto, h. 1723-24, óleo sobre lienzo, 141,5 x 204,5 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

La plaza de San Marcos en Venecia, de Canaletto, h. 1723-24, óleo sobre lienzo, 141,5 x 204,5 cm.

Esta obra que estamos analizando es una de las primeras vedute que realizó Canaletto, y en ella el pintor retrata la famosa plaza de San Marcos de Venecia tomada desde donde se ubicaba la antigua iglesia de San Geminiano (ahora, Museo Corner). Al fondo, se puede ver la fachada de San Marcos y parte también del palacio ducal, que se corta por el campanile, una potente presencia que con su verticalidad rompe la continuidad de ese fondo.

Tan minucioso era Canaletto en reflejar cada detalle ornamental de los edificios, que muchas veces este aspecto ha ayudado a datar la ejecución de la obra. Como en este caso, que aparece el cambio de pavimento diseñado por Andrea Tirali de la plaza de San Marcos que tuvo lugar entre 1723-34, en el cuadro de Canaletto podemos ver cómo ya se encuentran soladas las calles adyacentes a las de las Procuradurías y falta todavía por solar las calles centrales.

En nuestra próxima parada nos centraremos en otro aspecto relevante de los viajes, los peregrinos y la gastronomía. Y para ello, nos detendremos en un óleo de Matthias Stom, La Cena de Emaús (h. 1633-39). El pintor realizó ocho versiones de este tema. En este caso, Stom muestra el momento exacto en el que ese peregrino anónimo que ha pedido cobijo y comida es reconocido como Jesucristo resucitado por dos de sus discípulos (a la izquierda del óleo). En la composición, el pintor añade al lado de Jesús la figura de una mujer que sirve la mesa y que le observa con cierta curiosidad.

La Cena de Emaús, de Matthias Stom, h. 1633-39, óleo sobre lienzo, 111,8 x 152,4 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

La Cena de Emaús, de Matthias Stom, h. 1633-39, óleo sobre lienzo, 111,8 x 152,4 cm.

Pintado durante la estancia de este pintor de Utrecht en Nápoles, se percibe cierta huella de pintores napolitanos, como Domenico Viola, en el uso de tonos más terrosos en su paleta de colores. El interior está iluminado por la céntrica luz de una vela, un claroscuro “que más que dibujar esculpe a los personajes que están alrededor de la mesa”.

Ahora viajaremos a la época de los grandes descubrimientos. Y para ello qué mejor que mostrar la obra de Jan van der Heyden, Rincón de una biblioteca (1711), donde están representados todos los elementos que permitieron conocer el mundo en su totalidad.

Rincón de una biblioteca, de Jan Jansz. van der Heyden, 1711, óleo sobre lienzo, 77 x 63,5 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Rincón de una biblioteca, de Jan Jansz. van der Heyden, 1711, óleo sobre lienzo, 77 x 63,5 cm.

Este óleo es de los pocos interiores que realizó este pintor especializado en paisajes. En él, y sobre un fondo liso y limpio, aparece una librería repleta de volúmenes a la que ha añadido una cortina de color rojo que sirve para preservar los libros del polvo y la luz. Y como los mapas son imprescindibles en ese conocimiento del mundo que decíamos antes, Van der Heyden muestra unos mapas enrollados que están apoyados en esta estantería, además de los globos terrestre y celeste, la esfera armilar o el atlas abierto que están situados encima de la mesa de trabajo. Pero el pintor tampoco se olvida de hacer alusión al comercio y a las mercancías que llegaban a Europa de esos “lugares exóticos”, y lo hace al representar una lanza oriental y la tela china que cubre la mesa.

Nuestra próxima parada es el Tirol en época de Rodolfo II. El paisaje ya no necesita excusas, se ha convertido en el protagonista de la obra. Paisaje montañoso con un castillo, un óleo sobre tabla de 1609 de Roelandt Savery, y que formó parte de un encargo de este rey.

Paisaje montañoso con un castillo, de Roelandt Savery, 1609, óleo sobre tabla, 45,6 x 63 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Paisaje montañoso con un castillo, de Roelandt Savery, 1609, óleo sobre tabla, 45,6 x 63 cm.

Savery realizó un viaje por el Tirol en el que tomó muchos apuntes y dibujos del natural, para posteriormente trabajar en su taller. Esta obra es la única panorámica que se conoce del pintor. Y en realidad no retrata un sitio concreto, sino que el pintor mezclaba esos apuntes que había tomado hasta construir su “paisaje ideal”. Como decíamos antes, el paisaje se adueña de la escena y en cambio la presencia humana apenas se percibe, en el borde inferior derecho vemos a un hombre y a unos pequeños personajes que están colocados en un pronunciado saliente rocoso.

Abandonamos Europa y viajamos a América. Nos embarcamos junto a los pintores Frans Jansz Post y Albert Eckhout en la expedición organizada por Juan Mauricio de Nassau-Siegen de 1636. Un viaje que tenía como misión establecer una zona segura en Brasil para que pudiese operar la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Estas expediciones comerciales y militares también tenían un interés científico, catalogar la fauna y la flora. Llegaron a Recife un año después. Y, finalmente, nos detenemos en Vista de las ruinas de Olinda, Brasil, de Post (1665).

Vista de las ruinas de Olinda, Brasil, de Frans Jansz. Post, 1665, óleo sobre lienzo, 79,8 x 111,4 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Vista de las ruinas de Olinda, Brasil, de Frans Jansz. Post, 1665, óleo sobre lienzo, 79,8 x 111,4 cm.

El pintor, que tomó numerosos apuntes durante su estancia en el Nuevo Mundo, a su regresó a Holanda en 1644, realizó varios óleos que retrataban distintos lugares. En este caso, el pintor muestra el asentamiento portugués de Olinda después de que los holandeses lo arrasaran en 1631. Para ello, y desde un punto de vista alto, retrata una gran llanura que se extiende hasta una gran bahía y el mar. En medio, las ruinas de los edificios que habían fundado los portugueses y que estaban colonizadas ya por una vegetación exuberante. Y en el polvoriento camino sitúa el pintor a un grupo de nativos. Además, introduce en el ángulo inferior izquierdo dos animales exóticos, una serpiente y un pájaro.

Ahora hacemos un pequeño paréntesis para centrarnos en los barcos y en el mar, responsables de que Holanda se convirtiese en una potencia marítima. Y lo hacemos con el cuadro La flota holandesa en Goeree de Willem van de Velde II (h. 172-73). Tanto este pintor como su padre se embarcaban en los barcos para tomar apuntes de las batallas navales.

La flota holandesa en Goeree, de Willem van de Velde II, h. 1672-73, óleo sobre lienzo, 69,5 x 97,8 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

La flota holandesa en Goeree, de Willem van de Velde II, h. 1672-73, óleo sobre lienzo, 69,5 x 97,8 cm.

Esta pintura contiene también todos los elementos que hicieron que las obras de este pintor fuesen muy demandadas en su época. Un dibujo tan cuidadoso que casi llega a transmitir el tenue movimiento del mar, esta maestría se percibe también en el cielo, donde la “densidad y el movimiento de las nubes contrasta con las humaredas blancas de los cañonazos de salva”. Su fidelidad en la escena es tan grande que permite identificar a cada uno de los barcos que componen la flota, como la embarcación mayor, el Vrede (Paz), que está situada en primer plano a la izquierda.

Cambiamos de continente, nos vamos a Asia, a Retrato de grupo con sir Elijah y lady Impey, de Johan Zoffany (h. 1783-84). Este artista recibió en 1770 el encargo de la reina de Inglaterra de pintar la tribuna de los Uffizi, y dos años después partió para Florencia. Al regresar a Inglaterra en 1779 descubrió que el género que le había hecho famoso, las piezas de conversación, había pasado de moda. Este hecho fue determinante en su carrera, en 1783 decidió embarcarse rumbo a la India para buscar nuevos clientes. Y, efectivamente, trabajó para los altos funcionarios de la corona británica retratándolos tanto individualmente como en grupo.

Retrato de grupo con sir Elijah y lady Impey, de Johan Zoffany, h. 1783-84, óleo sobre lienzo. 91,5 x 122 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Retrato de grupo con sir Elijah y lady Impey, de Johan Zoffany, h. 1783-84, óleo sobre lienzo. 91,5 x 122 cm.

En el caso de este óleo, Zoffany ha retratado a sir Elijah y lady Impey con tres de sus hijos y la servidumbre nativa. Es como si esos cuadros de conversaciones que había hecho en Inglaterra los hubiese adaptado al nuevo ambiente oriental en el que vivía. Retrata un mundo idílico, exótico y sin tensiones.

Pero centrémonos en el personaje de la esposa, Mary, que reunió a partir de 1775 una colección de aves y animales nativos en los jardines de su finca. Y que a partir de 1777 encargó a artistas locales (Sheikh Zain al-Din, Bhavani Das y Ram Das) pinturas de diversos animales y plantas de la India, a tamaño real y en su ambiente natural. Conocido como el Álbum Impey, estas 300 obras son todo un ejemplo de fusión entre el arte occidental y oriental.

La siguiente parada de nuestro viaje es la fascinación que sintieron los artistas occidentales del siglo XIX por el japonismo. Y lo haremos a través de la figura de un pintor norteamericano, William Merritt Chase y su obra El quimono (h. 1895). El artista reunió una colección de objetos procedentes de Oriente, y entre ellos los quimonos, con los que hacía vestirse a sus amigos y familiares para retratarlos.

El quimono, de William Merritt Chase, h. 1895, óleo sobre lienzo, 89,5 x 115 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

El quimono, de William Merritt Chase, h. 1895, óleo sobre lienzo, 89,5 x 115 cm.

Esta pasión por el estilo oriental estuvo influenciado por su amigo y pintor James Whistler. En el caso de este óleo, además de la modelo ataviada con el quimono de seda hay otros elementos de objetos procedentes de Oriente, como la silla de bambú sobre la que aparece sentada, el biombo que hay al fondo de la composición o los dibujos japoneses que contempla el personaje. Como dato curioso, comenta Sopeña que en una visita guiada que realizó con un grupo de mujeres japonesas, se quedaron muy sorprendidas al ver que la modelo tenía colocado el quimono como si estuviese muerta, es decir, la parte derecha sobre la izquierda.

Nos detendremos también por un momento en otro impresionista fascinado por Oriente, en este caso europeo, Vincent van Gogh y sus Descargadores en Arles (1888). Las vistas de las aguas del Ródano que nos ofrece el pintor están marcadas por una luz ardiente, la puesta de sol, que le “permite destacar a contraluz los motivos de la composición que evidencian una clara influencia japonesa”, explica Paloma Alarcó, conservadora del museo.

Los descargadores en Arles, de Vincent van Gogh, 1888, óleo sobre lienzo, 54 x 65 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Los descargadores en Arles, de Vincent van Gogh, 1888, óleo sobre lienzo, 54 x 65 cm, Madrid.

En una carta que escribió Vincent a su hermano Theo, le decía que había visto un efecto magnífico y muy extraño, “una barca muy grande cargada de carbón en el Ródano y amarrada al muelle. Vista desde lo alto, estaba toda luciente y húmeda por un chubasco; el agua era de un blanco amarillento y gris perla turbio; el cielo, lila y una faja anaranjada al poniente; la ciudad violeta. En la barca, pequeños obreros azules y blancos iban y venían llevando la carga a tierra. Era un Hokusai puro”.

En este viaje a través del tiempo, entramos de lleno en el siglo XX y volvemos al continente americano, pero en este caso a Norteamérica, de la mano de uno de los pintores más enigmáticos y poéticos, Edward Hopper y su Habitación de hotel (1931). El artista siempre sintió una gran pasión por el viaje, se compró un Dogde y con él recorrió Estados Unidos hasta Nuevo México.

Habitación de hotel, de Edward Hopper, 1931, óleo sobre lienzo, 152,4 x 165,7 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Habitación de hotel, de Edward Hopper, 1931, óleo sobre lienzo, 152,4 x 165,7 cm, Madrid.

Pero Hopper utiliza el viaje como excusa para evocar la Soledad (en mayúsculas). En la mayoría de sus telas ha retratado a personajes solitarios, casi siempre mujeres, utilizaba a su esposa Josephine Nivinson, Jo, como modelo (como en este caso), en habitaciones de hoteles, cafeterías o moteles. Personajes al límite, más una huida que un viaje placentero.

Quizá por eso, en este óleo Hopper representa a una mujer que ha tenido que escapar, acaba de llegar al hotel para pasar solo esa noche (se ve que es noche cerrada por el resquicio que deja ver la persiana a medio bajar de la ventana de la derecha), se ha quitado el vestido, el sombrero y los zapatos mientras consulta un horario de trenes para decidir qué destino seguir al día siguiente (sabemos que es un horario de trenes por las exhaustivas notas de Jo), por eso no ha deshecho el equipaje (las maletas aparecen abajo a la derecha). Y es que las pinturas de Hopper tienen tanta carga narrativa que invita al espectador a imaginarse una historia. Esta es la nuestra.

Nuestro próximo destino es de nuevo el Mediterráneo, pero en este caso recalamos en Grecia: El griego de Esmirna (Nikos) de Ronald B. Kitaj (1976-77). También esta obra es muy literaria“Me gusta la idea de que sea posible inventar en pintura un personaje, una personalidad, de la misma forma que son capaces de hacerlo los novelistas”, comentaba el pintor sobre su obra.

El griego de Esmirna (Nikos), de Ronald B. Kitaj, 1976-77, óleo sobre lienzo, 243,8 x 76,2 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

El griego de Esmirna (Nikos), de Ronald B. Kitaj, 1976-77, óleo sobre lienzo, 243,8 x 76,2 cm.

Y precisamente en esta obra es evidente esta raíz literaria, por un lado los dos poetas y protagonistas (Kavafis y Nikos Stangos) pero sobre todo porque también narra una historia inspirada en los paseos diarios de Kavafis por los burdeles del puerto de Alejandría, a la vez que la del propio Kitaj, que en su único viaje a Grecia paseaba sin rumbo por el puerto de El Pireo.

El personaje central de la composición es su amigo Nikos Stangos (que había traducido al inglés los libros del poeta griego) adoptando el papel precisamente de Kavafis, que pasea como ausente de la escena que tiene lugar a su lado, una prostituta apoyada en la pared del burdel en cuyo interior se ve una escalera por la que baja un personaje que es el propio Kitaj.

Sillón n.º 2, de Domenico Gnoli, 1967, acrílico y arena sobre lienzo, 200 x 140,5 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Sillón n.º 2, de Domenico Gnoli, 1967, acrílico y arena sobre lienzo, 200 x 140,5 cm.

Y, ya por último, regresamos al hogar. Traspasamos la puerta de nuestra casa, dejamos el equipaje y nos sentamos a hacer balance en el Sillón nº2 de Domenico Gnoli (1967). Este óleo lo pintó el artista italiano en Deyá (Mallorca), otro de esos lugares muy apreciados por los bohemios, y por donde han pasado y se han quedado muchos artistas, como el escritor Robert Graves o los pintores Ulrich Leman, Alan Hydes o George Sheridan.

Ángela SANZ COCA

Información Vuelta al mundo Costa Cruceros-Viajes El Corte Inglés

La vuelta al mundo por los grandes océanos a bordo del Costa Luminosa dura cien días. O bien, si no se dispone de tanto tiempo libre, puede realizarse en tres tramos: dos de un mes y el tercero de treinta y nueve días.

La salida está prevista para el 1 de septiembre desde el puerto de Barcelona. Primero navegará por Europa, cruzará el Atlántico hasta el Caribe, desde la costa oeste de Estados Unidos a Singapur, pasando por Australia y, desde allí a Sri Lanka, la India y los Emiratos Árabes Unidos, para regresar por Egipto hasta el desembarque el 9 de diciembre en Savona. Pasará por los canales de Suez y Panamá.

Para más información: 902 400 454. O en Viajes El Corte Inglés

Próxima entrega: Crucero por el Mediterráneo: Grecia, Italia y Turquía

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