La Comunidad de Madrid presenta en la Sala Alcalá 31 la exposición “Cuidado con la cabeza”. La muestra supone una relectura del trabajo del artista a través de la selección de veintiuna obras en diferentes soportes (escultura, fotografía, vídeo, dibujo e instalación) y tiene como hilo conductor la cuestión de la metamorfosis. Su comisario, Fernando Castro Flórez, explica la génesis del proyecto, que vivió directamente.

Bernardí Roig me dijo que tenía que “inventar algo para no hacer una exposición”; no me sorprendió tan extraño propósito, tras años de acompañarle y saber que puede obsesionarse con la “caía de una lámpara” y, sobre todo, cuando tiende a “cancelar” la mirada, ya sea porque de los ojos sale fuego o la luz de los fluorescentes impide toda visión.

En la esquina de Gran Vía y Alcalá, sobre una enorme rejilla incrustada en el suelo de la que salía una considerable ventolera tuvo la revelación de que “ahí estaba el sitio”: quería “meter abajo una pieza”. Nos pusimos a mirar al abismo artificial como si se nos hubieran caído las llaves o un billete de 50 euros. Iniciamos una exploración por la zona y, finalmente, nos introducimos en el parking de la Plaza del Rey donde simulamos ser los jefazos del cuerpo de “inspección de ventilación forzada” para que un vigilante nos flanqueara el paso.

Allí encontramos, como por arte de magia simpática, el título de la muestra: “Cuidado con la cabeza”. Esas cuatro palabras (verdaderamente esenciales) estaban toscamente escritas en un techo inclinado con el que no era improbable que algunos se hubieran dado un golpe fatal. Nos guiaba el furor de los “inspectores de alcantarillas” y así tratamos de resolver el ancestral “enigma” del túnel entre el Cock y Chicote. Fue la última noche en la que hablé con Fernando del Diego, en mi opinión, el mejor barman de la ciudad, tristemente fallecido hace poco.

Aquella noche, guiado por un artista clarividente aunque atrapado por la “ceguera”, aprendí a mirar a un espacio de ultra-tumba donde podía habitar provisionalmente una estatua anómala pero también comprendí que tenía que preocuparme por esa cabeza en la que no deja de rondar la muerte.

Fernando CASTRO FLÓREZ
Texto publicado en el número 207 de “Descubrir el Arte”

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