¿Te imaginas amar tanto a una persona que no importa la distancia, lo complicado que parezca su amor, las obsesiones, el sexo o cualquier cosa que parezca poner en peligro la vida juntos? Oskar Kokoschka, uno de los artistas austriacos más importantes, sufrió la decepción amorosa más grande de toda su vida cuando su amada Alma Mahler decidió dejarlo.

Su relación, llena de una tremenda pasión sexual capaz de destruir un imperio, fue la obsesión de los dos. Él comenzó a amarla tanto como le era posible; ella, en su desesperación, sólo pudo huir y dejar todo el amor que nunca creyó merecer. A partir de ese momento, Kokoschka se convirtió en un hombre triste y solitario que tal vez nunca más podría amar.

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Tal vez por esta razón su pintura sea completamente fría, una pérdida dura, lista para el desazón futuro que nos hace creer que no queda más esperanza que seguir adelante después de perder al que, creímos, sería el amor de nuestra vida. Al comprender la historia de Kokoschka, aquél que observa el cuadro sólo puede agachar la mirada y retener las lágrimas que parecen escapar de su rostro. ¿Acaso fue el miedo el que alejó a Alma Mahler de un amante que parecía tenerlo todo?

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Alma había crecido en los círculos artísticos desde pequeña, de hecho, muchos aseguran que su primer amor fue el pintor austriaco Gustav Klimt. Era una mujer hermosa y bastante inteligente, estudió música y quería ser compositora. A cada paso, Alma lograba conquistar a los artistas, intelectuales y literatos más importantes de la época. Más tarde adquiriría el apellido del compositor Gustav Mahler, el hombre que se convirtió en su esposo y padre de su hijo.

Los problemas de diferencia de edad y creencias religiosas provocaron que la pareja se distanciara cada vez más. Gustav le prohibió estudiar música, una de sus hijas se enfermó y murió de escarlatina, el matrimonio se resquebrajaba cada vez más hasta que ella le fue infiel con Walter Gropius; Mahler le rogaba que no lo dejara y aunque el cuerpo de Alma regresó con su esposo, no dejó de tener el romance con Gropius, quien de algún modo la hacía sentir viva. Más tarde Gustav Mahler murió y Alma se convirtió en la viuda más codiciada de Europa.

Alma Mahler-Werfel
Kokoschka mientras tanto, estudiaba orfebrería y comenzaba sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Viena, en 1909 tenía el apoyo de un arquitecto austriaco llamado Adolf Josef Hoffmann y más tarde el de Adolf Loos, viaja a Berlín y en 1911, por casualidades del destino, conoce a Alma. El padre de ella murió y su madre se casó con uno de los amigos del fallecido pintor. Su nombre era Carl Julius Rudolf Moll y admiraba la maestría de Kokoschka. Entonces, gracias al círculo de amistades en el que se desenvolvía, fue capaz de acercarse al ya famoso Kokoschka, reconocido por los retratos que elaboraba. Cuando Alma se enteró de que le harían un retrato, acudió a la cena y el flechazo fue inmediato: “Después de la cena me llevó al salón contiguo, donde había un piano, cantó y tocó ‘La muerte’, de Isolda. Yo estaba fascinado: era joven e increíblemente bella en su luto. Cuando me propuso hacerle un retrato en su casa me sentí al mismo tiempo lleno de felicidad y turbado”.

Alma tenía una belleza sobrenatural, capaz de volver loco a cualquiera en su círculo de intelectuales. Dos días después, ella y Kokoschka ya eran amantes y durante tres años, su amor creció hasta que el pintor se obsesionó con esa mujer hechicera, de curvas pronunciadas y una sonrisa como la de ninguna otra. Todo parecía marchar como debiera, pero para el pintor, Alma se convirtió pronto en una obsesión un poco enfermiza: sentía celos de cualquiera, incluso del fallecido esposo Gustav Mahler.

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Alma, quien ya había sorteado la vida amorosa más fecunda, ahora se daba cuenta de que no estaba lista para estar con alguien. Parecía demasiado tarde para lidiar con los problemas venideros: Alma estaba embarazada del pintor. Sin embargo, un día Kokoschka encontró la máscara mortuoria de Mahler en uno de los cajones y la acusó de querer más al fallecido. Escupió a la máscara y aseguró que el hijo que esperaba con Alma se parecería a Gustav. Él le reprochó un sinfín de caprichos más, rojo por la furia que invadía su interior, listo para desatar los infiernos con tal de que ella comprendiera todo el amor y dolor que le causaba. Alma desapareció y cuando regresó, había abortado.

Oskar Kokoschka Tutt'Art@

Entre ires y venires, rupturas y regresos, palabras de odio y amor, los dos continuaron su romance. El pintor alababa a su musa, escribía cartas apasionadas en las que le describía el cúmulo de sentimientos a punto de hacer explosión en su corazón. Ella comenzaba a sentir un enorme vacío, parecía que lo que sucedía no sería nunca más el cuento de amor que los dos habían imaginado. Estaba inquieta, lista para escapar, para abandonarlo todo y comenzar de nuevo. La excusa perfecta llegaba con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Kokoschka se alistó. De lejos escribía a la mujer que le robaba el aliento cada día. En un ataque sufrió graves contusiones, pero hasta en sus delirios podía ver a Alma. Ella, sin un minuto más para soportar el asfixiante amor del pintor, rompió con él y huyó a los brazos del arquitecto Walter Gropius, su antiguo amante con quien duró más de cinco años.

Como si nada hubiera sucedido, Kokoschka siguió obsesionado con esa mujer que había sido todo para él. Entonces, sin esperar a que la emoción dejara de absorber su ser, realizó su famoso cuadro “La novia del viento”. Él y Alma yacen entre las pinceladas llenas de fuerza, los dos lucen una tranquilidad característica sólo de aquellos que terminan de hacer el amor después de los conflictos más grandes, justo en el instante final de una pasión consumida –tal vez por última vez–.

la novia del viento
Relajados, abrazados, como si no importaran los instantes posteriores ni anteriores, como si lo único que existiera fueran esos dos cuerpos dispuestos a todo el uno por el otro, Kokoschka nos muestra pinceladas fúricas dispuestas a hablar por él. Ella, dormida. Él, vigilando su sueño, recostado, pensativo, listo para reaccionar ante cualquier circunstancia, pero también conmocionado por lo ocurrido, por ver en ella su mundo y no poder hacer nada para mantenerla a su lado; tal vez por eso la nombró la novia del viento.

close up la tempestad
En esa pintura podemos observar al amor en todo su esplendor, con toda su fuerza, el triunfo del mismo por encima de cualquier obstáculo. Pero en las mismas pinceladas y con tonos azulados, Kokoschka también nos enseña el amor más triste y deprimente de un pintor que no quiere que acabe nunca, con el más doloroso y triste sufrimiento de no ser capaces de que el otro nos ame, que nos quiera igual a como nosotros nos desvivimos por él, el dolor de la separación final, la última súplica, el ruego inaudible, el “por favor” que nunca se escuchará.

Esta pintura, también conocida como “La tempestad” fue un símbolo de la tormentosa relación que tuvo con Alma, pero no se trata de la aceptación del rompimiento, sino de la lucha incesante de dos amantes que triunfan a todos los obstáculos y por encima de todo.

No funcionó, Kokoschka fue abandonado igual que muchos de nosotros. Su depresión fue tanta que pintó toda su casa de negro y le pidió a la fabricante de muñecas alemana Hermine Moos realizar una muñeca idéntica a Alma. “En el dibujo que le mando he realizado esquemáticamente un boceto  de las superficies importantes  para mí, las arrugas que se forman, los pliegues. […] Si usted logra hacer realidad para mí este encargo, de simular el encanto de hacerme creer, mirándola y tocándola, de haber dado vida a la mujer de mis sueños, querida señorita Moss, sabré compensarle por su trabajo y su sensibilidad femenina. Debo también precisarle—escribe Kokoschka a Hermine— aunque me avergüenza , que también las partes íntimas deben estar realizadas íntegramente y deben ser voluptuosas, recubiertas de vello, si no, no sería una mujer sino un monstruo”.

Así lo hizo Moos, pero el resultado decepcionó a Kokoschka; aún así, aceptó a la muñeca y la hizo parte de su vida cotidiana… la llevaba al teatro, comía a su lado, dormían juntos y recorría la ciudad con ella. Sin embargo, en una fiesta con sus amigos, la decapitó y la arrojó a los arbustos. La verdadera Alma nunca regresó con Kokoschka, pero la obsesión del pintor lo hizo imaginar una vida donde de verdad terminarían juntos.

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“La novia del viento” es la máxima representación del amor, al menos de un amor que está en nuestra mente, del que queremos que no acabe; el amor obsesivo al que tantos nos hemos enfrentado. La muñeca de Kokoschka representa ese amor sin límites que alguien puede sentir por una persona a la que acepta tal y como es. Probablemente la destrucción de la muñeca fue el símbolo de la liberación, de por fin desprenderse de un amor que parecía durar hasta el fin de los días.

Más tarde, el pintor expresionista se casó con Olda Pavkoska, con quien se casó en un refugio antiaéreo en la Segunda Guerra Mundial.

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