No existe figura más exótica en el arte del siglo XX como Salvador Dalí. El catalán que aseguraba ser el único surrealista, no solamente llevaba al lienzo la práctica del automatismo psíquico, la asociación libre y la influencia de los viajes oníricos, también se distinguía por llevar el surrealismo en su propia persona. Extravagante, falso y ridículo para sus críticos; genial y auténtico para sus seguidores, el “Divino” (como se autonombraba) parecía expresar lo mismo que sus obras con su manera de conducirse en público.

El pintor aparecía con naturalidad lo mismo en Barcelona, Nueva York o París, con un traje negro y bigote retorcido, que con un bastón y saco estrafalario acompañado de sus mascotas, un ocelote (lo único que le gustó de México) o un oso hormiguero gigante. A diferencia de los demás surrealistas, Dalí nunca mostró una convicción política asociada con la izquierda, un rasgo de la vertiente que se alineó bajo el Manifiesto de André Bretón. Algunos críticos aseguran que el rompimiento definitivo del pintor con el grupo de Bretón se debió a su falta de compromiso con el progresismo; sin embargo, la realidad es que el catalán no expresaba ninguna posición ideológica o preocupación política hacia alguna vertiente.

“Dalí aceptó experimentar cierta perversión hacia la figura del Führer: ‘A veces sueño con Hitler y lo imagino como una mujer’, afirmó en una ocasión’”.

El impulso creativo de Dalí no estaba en el deseo por cambiar al mundo, generar algún tipo de conciencia o manifestar a través del arte sus inquietudes sobre la naturaleza del hombre. Su inspiración se basó en figuras obsesivas, acciones y personajes que desde su infancia marcaron lo que sería el rumbo de su vida y pensamiento. El cuerpo femenino al desnudo, las formas fálicas y la presencia de animales salvajes en sus obras detonan un mensaje de dominio, poder y sujeción a través del sexo y las figuras autoritarias. Al final de su vida, el pintor se identificó como “monárquico” y gustaba de vestir con bastones más parecidos a báculos, capas y joyería recargada que parecía transmitir el mensaje de su obra y viceversa.

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En 1939, seis años después de que Hitler llegara al poder en Alemania en manos del Partido Obrero Nacionalsocialista, la figura del líder del Tercer Reich se había hecho conocida en todo el mundo. La sexualidad reprimida de Dalí desde joven, el carácter enérgico y prohibitivo de su padre y sus primeras experiencias eróticas, aunado al misticismo que envolvía a la figura de Hitler como un símbolo de la dominación y el poder, provocaron en el catalán la misma fascinación que los torsos femeninos desnudos o la flacidez en objetos integrantes de sus obras. Dalí aceptó experimentar cierta perversión hacia la figura del Führer: “A veces sueño con Hitler y lo imagino como una mujer”, afirmó en una ocasión. El escándalo de sus amigos surrealistas no era para menos y la separación definitiva llegó en 1934, cuando el “Divino” intentó completar una obra con una svástica. La negativa del grupo de Breton marcó el camino del pintor separado de la vanguardia hasta sus últimos días.

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Años más tarde, las memorias de Dalí confirmaban su obsesión con la figura del dictador: “Hitler me excita mucho”, escribió en un diario antes de pintar su polémica obra, “El enigma de Hitler” (1939). Para algunos críticos de arte, el desolador panorama que se presenta en el lienzo es un símbolo de oscuridad, del triunfo de la sinrazón durante la Segunda Guerra Mundial y la avanzada fascista en su afán por conquistar Europa. Incluso reconocen elementos como el teléfono roto y la lágrima brotando de la bocina como una señal inequívoca del fracaso de las negociaciones para evitar el conflicto armado; sin embargo, el excéntrico pintor no tenía una visión de conjunto para plasmar el panorama político que estaba por invadir Europa, ni siquiera tenía interés por hacer a un lado la oniria y pintar la decadencia de la guerra al estilo de Munch o la historia de la conquista de un pueblo como Rivera.

“La flacidez también estaba presente en la concepción femenina que se había hecho el pintor del Führer: ‘A mí me fascinaban las caderas blandas y rollizas de Hitler, siempre tan bien enfajadas en su uniforme’”.

La intención del pintor no fue tan ambiciosa ni políticamente activa. Apenas algo más sencillo: la fijación de Dalí por el líder del Tercer Reich se basaba en la figura que ostentaba poderío, control de masas, dominación y el mismo salvajismo que lleva implícito el sexo que tantas náuseas y curiosidad le provocaba. La flacidez también estaba presente en la concepción femenina que se había hecho el pintor del Führer: “A mí me fascinaban las caderas blandas y rollizas de Hitler, siempre tan bien enfajadas en su uniforme”.

Posiblemente, a Dalí nunca le importó el imperio de horror que lideró el austriaco durante la Segunda Guerra Mundial ni las víctimas del Holocausto o las consecuencias de la avanzada fascista: el catalán persiguió incesantemente las formas, el dominio, la capacidad histriónica y el personaje que existía detrás de Hitler, que tanto le excitaba porque para él significaba el placer del dolor, el masoquismo y la figura fálica de un dictador que soñó con conquistar el mundo.

 

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