Las dos salas que componen la muestra Poco se gana hilando, pero menos mirando (MSSA, Santiago de Chile), de la artista Claudia Gutiérrez (Santiago, 1987), recogen dos facetas esenciales del arte a lo largo de su historia. Por una parte, la imagen bidimensional y, por otra, la proyección material en el espacio. Frente a frente, estas salas permiten leer en la trama de sus obras un elemento común y protagónico. No hace falta escarbar demasiado, está a la vista, presentando y representando a la vez: hablamos del material y la técnica. Los esquirlados objetos e inhóspitos parajes que Claudia Gutiérrez exhibe en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, demuestran lo que es posible conseguir al conjugar el ejercicio de mirar con la milenaria labor de trenzar y zurcir hilos.

Como sabemos, la producción nacida del trabajo textil nunca sorteó los bordes de las bellas artes. Seguramente los tapices que Francisco de Goya diseñó, al comienzo de su carrera, no habrían sido bien recibidos si en lugar de plasmar escenas cargadas de regocijos pasajeros hubiera mostrado imágenes como El coloso o Los fusilamientos del 3 de mayo. Es precisamente la funcionalidad de aquel campo lo que marca su distancia respecto al arte autónomo. Años más tarde y solo cuando fueron superados los principios de la pintura, la utilización del telar tuvo la oportunidad de alcanzar un lugar sobresaliente dentro de las artes visuales —al igual que otros procesos y manufacturas de segundo orden—. Recién entonces los hilos tuvieron la altura suficiente para transformarse en lenguaje. En la obra de Claudia Gutiérrez, esta posibilidad describe un giro notable. Es una apropiación, a nivel técnico, que no conserva las condiciones convencionales de valoración y circulación asociadas al tejido. Tuvieron que pasar siglos para que el arte abandonara definitivamente la ribera del quehacer artesanal y sin embargo ese papel se ha vuelto a invertir, o más bien, a entrecruzar.

Claudia Gutiérrez. Poco se gana hilando, pero menos mirando. MSSA, Santiago de Chile, 2016. Foto cortesía de la artista.

El arte posmoderno se adueñó tanto del material y la forma, en un sentido concreto, como de los oficios y la visualidad circundante. Este círculo de desplazamientos y apropiaciones es particularmente evidente en la actual exposición de Claudia Gutiérrez. ¿Cómo un trabajo artesanal consiguió convertirse en arte? Primero, reflexionando sobre su propia tradición. Segundo, exaltando las ventajas constructivas de la lana y los hilos de algodón. Este último punto es alcanzado gracias a una imagen aguzada del paisaje cotidiano. Uno paisaje poco habitual en la publicidad y los imaginarios nacionales, pero absolutamente familiar para gran parte de la población. La muestra consiste en la representación de aquellos terrenos inhóspitos y marginales que forman parte del espacio de vida de muchos chilenos. Se trata de rincones baldíos, plagados de inscripciones de grosera factura y de objetos desechados y apilados que se repiten a diario en las calles de la ciudad.

La historiadora del arte, Andrea Giunta (Argentina), subrayó en una conferencia —el mes de marzo de este año— un asunto característico y prácticamente exclusivo en el arte chileno: el sitio eriazo. Este fue el tema central en la obra de artistas como Juan Castillo a finales de la década de los ‘70. Como lo viene haciendo desde hace ya un par de años, Claudia Gutiérrez toma aquel escenario y lo expone con un alto grado de realismo. Ya sean lugares reales o composiciones realizadas a partir de fragmentos de la realidad, el resultado es completamente verídico. No en un sentido naturalista, sino simplemente representacional. Vemos lo que es posible observar en poblaciones o barrios periféricos del país. Como señala Lucy Quezada a propósito de la muestra: “Estos paisajes que están más allá de la división, en la periferia citadina e imaginaria, se ubican por fuera del progreso de un aparato técnico que los represente en imagen. Son el atraso, la inmundicia, el desperdicio”. En esto consiste la captura llevada a cabo por la artista. Es el rescate de imágenes mucho más reconocibles y habituales que las ficciones estereotípicas del mercado y los medios masivos.

Claudia Gutiérrez. Poco se gana hilando, pero menos mirando. MSSA, Santiago de Chile, 2016. Foto cortesía de la artista.
Claudia Gutiérrez. Poco se gana hilando, pero menos mirando. MSSA, Santiago de Chile, 2016. Foto cortesía de la artista.

El título de la exposición, por su parte, entraña una suerte de desesperanza característica de nuestro tiempo. Apela a la escasa repercusión que esta clase de asuntos genera en el orden global. Ambas salas recrean marcas furtivas, sitios maltrechos y objetos destrozados. Es la desoladora pintura de género de un horizonte postergado. Los bordados exhibidos en una de las salas componen muros de concreto, parchados con materiales prefabricados, cubiertos por firmas anónimas y grafitis a mano alzada, todo apuntalado en vivos colores que se agolpan entre sí. Este muro callejero es el verdadero lienzo y se encuentra dentro de la “tela aida” donde la artista representa.

Un referente insigne en este tipo de superposiciones lo fue el pintor del siglo XVII Diego Velázquez. En su Fábula de Aracne, este artista español abordó una escena mitológica sin dejar de lado el profundo realismo que lo caracterizaba. Para ello recurrió a la integración de planos que representaban nuevas escenas dentro del mismo cuadro. Una superficie dentro de otra. En nuestro caso, Claudia Gutiérrez no representa un mito clásico a través de los sugestivos detalles de las hilanderas, por el contrario, la artista pasa a ejercer la labor de las modelos. Borda con sus propias manos aquel realismo de lo cotidiano, retratado comúnmente por la fotografía o el cine, para consumar la imbricación entre aquel tema lateral y un formato de producción artística de similar status.

Por otro lado, en su segunda sala se acumula una turba de escombro, compuesta por objetos en su mayoría destruidos, no obstante confeccionados a través de un impecable trabajo a crochet. Podemos encontrar botellas, cinturones, tarros, latas, cadenas, sillas plásticas, conos de seguridad, bolsas, embudos, candados, canastos, todos arrumbados como si se tratase de un basural. No son más que siluetas. Podemos mirar a través de su tejido y reconocer sin problema la técnica y el objeto que esbozan. Claudia Gutiérrez utiliza una actividad acentuadamente blanda y acogedora, como es el tejido, para llevarnos al patio trasero de la población, al potrero que se ve desde un microbús en movimiento, el sitio donde algunos niños juegan a la pelota durante el día, un lugar habitado por perros callejeros, donde algún vagabundo pasa la noche o donde un grupo de jóvenes comparte una botella de alcohol que luego abandonará en el mismo lugar. Es así como se alinean temáticamente ambas salas.

En tiempos en que los avances tecnológicos se precipitan de manera desenfrenada, la simultaneidad y apertura de los materiales artísticos nos obliga a volver a pensar la relación del ser humano con las herramientas de construcción y registro de la realidad. En pleno auge del mundo digital y la instantaneidad medial, Claudia Gutiérrez nos hace retroceder dos pasos. Nos devuelve más allá de la pintura, al bastidor, a la propia superficie elaborada. Es allí donde instala su obra. No en la sublimidad del pigmento, sino en un nivel más terrenal y próximo. Un ámbito  más ligado al ímpetu manual que a una dimensión conceptual o racionalista. Se trata de formas marginales, poco gráciles y absolutamente prescindibles, que chocan con los sofisticados encuadres que acostumbramos a observar. Bajo nuestros ojos formados en el nuevo siglo, este contraste es indisoluble. No podemos separarnos de la óptica contemporánea, que vuelca sin freno imágenes al infinito, pero sí podemos apropiarnos de sus patrones de registro. Después de todo, hilar se condice con escribir; pero ya no hay mitos por contar, sólo una realidad que viaja y se pierde en miles de direcciones. Bordarla sería una obstinada manera de arrancarla del vacío.

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