“Los dioses no tuvieron más sustancia
que la que tengo yo. Yo tengo, como ellos,
la sustancia de todo lo vivido
y de todo lo por vivir. No soy presente sólo,
sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo
a un lado y otro, en esta fuga,
rosas, restos de alas, sombra y luz,
es sólo mío,
recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido.
¿Quién sabe más que yo, quién,
qué hombre o qué dios, puede,
ha podido, podrá decirme a mí
qué es mi vida y mi muerte, qué no es?
Si hay quien lo sabe,
yo lo sé más que ese, y si lo ignora,
más que ese lo ignoro.
Lucha entre este saber y este ignorar
es mi vida, su vida y es la vida. Pasan vientos
como pájaros, pájaros igual que flores,
flores soles y lunas, lunas soles
como yo, como almas, como cuerpos,
cuerpos como la muerte y la resurrección,
como dioses. Y soy un dios
sin espada, sin nada
de lo que hacen los hombres con su ciencia;
sólo con lo que es producto de lo vivo,
lo que se cambia todo; sí, de fuego
o de luz, luz. ¿Por qué comemos y bebemos
otra cosa que luz o fuego? (…)”

Juan Ramón Jiménez – “Espacio” (Fragmento)

Si retomamos estas palabras del premio Nobel español, efectivamente no hay razón para buscar fuera lo que ya puede hallarse en el interior, si se tiene verdaderamente en nuestro poder aquello que nos sustenta y promueve en la existencia, ¿para qué esperar que lo otro se presente tal cual lo deseamos si lo podemos transformar? En una suerte de monólogo interno que pretende una fuga muy peculiar, un escape hacia adentro del alma capaz de modificar las apariencias del mundo, se puede conseguir un universo adecuado y fantástico.

En esa urgencia por hacer propia la realidad y de realizar lo propio es que se posibilitan varios tipos de lo real: el que nos acoge, el que se percibe a partir de los sentidos, el que se recuerda y el que soñamos, ese espacio de verdades añoradas pero siempre posibles si lo intentamos.

Así es como está configurada la obra de Johan Thörnqvist, artista sueco que ante cualquier situación no puede contener las ansias de alterar su escena, sus personajes, sus narrativas y sus diálogos; el ilustrador hace un intento de formas bellas por aumentar la realidad a partir de fantasías que parecen salidas de un cuento infantil y nos brinda infinitas alternativas de lo experimentado, además de esa oportunidad por construirlo todo una vez más.

Recurriendo a fotografías simples y cotidianas que se capturaron con un teléfono celular, Thörnqvist interviene el paisaje con sus dibujos y brinda a nuestros ojos qué tan alcanzable es tomar un panorama triste, solitario y quizá inadvertido, para reformarlo con las figuras más lúdicas y espléndidas posibles.

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

Por otro lado, el trabajo de Thörnkvist nos recuerda la falta de solemnidad o adultez con la que deben vivirse los días, pues éstas no hacen más que perdernos en la cotidianidad y el conformismo; la importancia de no perder un ojo crítico y atrevido frente a las cosas que no nos gustan es esa tarea primordial que debe ocuparnos mientras respiremos, el detonante para asirnos de la imaginación salvadora.

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