La Fundación Mapfre de Madrid acoge una exposición que revisa el trabajo de este grupo de artistas, desde sus comienzos en 1905 hasta su disgregación en 1907. Dividida en cinco ámbitos temáticos, se muestran más de 120 obras entre pinturas, acuarelas, dibujos y cerámicas de creadores como Matisse, Derain, Dufy, Vlamick, Braque, Dongen, Manguin o Camoin. Hasta el 29 de enero de 2017

A pesar de la corta existencia del fauvismo, unos dos años, fue la primera vanguardia del siglo XX por su tratamiento del color, la exaltación de los tonos puros y, sobre todo, por situar la independencia del color en el centro del debate artístico. Fue un grupo marcado por una “visión de la realidad muy intuitiva, hecha de puro sentimiento y de un gran entusiasmo por la vida”, comenta Pablo Jiménez Burillo, director del área de Cultura de la Fundación Mapfre, en la inauguración de esta muestra.

Les Voiles rouges, de André Derain, 1906, colección particular © André Derain. Arriba, L’Estacade du Casino Marie-Christine à Sainte-Adresse, de Raoul Dufy, h. 1906, Milwaukee Art Museum, donación de Mrs. Harry Lynde Bradley © Raoul Dufy © P. Richard Eells. Todas las imágenes, cortesía de la Fundación Mapfre, VEGAP, Madrid, 2016.

La exposición Los fauves: la pasión por el color plantea un recorrido cronológico, desde sus comienzos en los talleres de Gustave Moreau y Eugène Carrière, pasando por un momento clave, la exposición en 1905 en la Sala VII del Salon d’Automne, y finaliza con la disgregación del grupo en 1907.

Comisariada por Maite Ocaña, la muestra está dividida en cinco apartados. Arranca con Fauvismo antes del fauvismo, dedicado a los primeros intentos pictóricos llevados a cabo por los artistas que formarían el grupo fauve durante sus años de formación. Los primeros contactos entre ellos se remontan a la década de 1890, cuando Henri Matisse, Georges Rouault, Albert Marquet, Henri Manguin y Charles Camoin coincidieron en el estudio de Gustave Moreau en la École des Beaux-Arts de París. “Moreau fue un maestro atípico dentro de la rigidez del mundo académico. Incitaba a sus alumnos a expresarse libremente a través del color y a buscar la autonomía pictórica”, explica Maite Ocaña. El grupo de alumnos de Moreau, liderado por Matisse y al que pronto se sumaron otros jóvenes artistas como Jean Puy, André Derain y Maurice de Vlaminck, comenzó a experimentar con los colores puros y las pinceladas expresivas de la pintura moderna de Van Gogh, Gauguin y Cézanne que todos conocían gracias a las galerías más atrevidas de París.

Femme nue blonde, de Kees van Dongen, 1906, David Nahmad, Mónaco © Kees van Dongen © Patrick Goetelen.

Femme nue blonde, de Kees van Dongen, 1906, David Nahmad, Mónaco © Kees van Dongen © Patrick Goetelen.

Si los impresionistas y postimpresionistas salían al aire libre con un caballete para pintar la naturaleza, para los fauvistas el color es el verdadero protagonista de la obra, la composición es a partir del color, es una expresión de un sentimiento personal, y rompen la barrera de la línea y de las formas. Pintaban a menudo juntos, “motivados por un fuerte espíritu de emulación, como se puede apreciar en los estudios de modelo de desnudo que transmiten el ambiente del taller compartido. Estas academias, junto a las naturalezas muertas y a las escenas de interior que forman esta sección permiten apreciar el eclecticismo y la audacia de estos años de formación y descubrimientos”, añade Ocaña.

Devant la fenêtre, de Henri Manguin, 1904, colección particular © Henri Manguin © Claude Almodovar.

Devant la fenêtre, de Henri Manguin, 1904, colección particular © Henri Manguin © Claude Almodovar.

El segundo apartado, Los fauves se retratan, indaga en cómo la amistad entre ellos fue clave en la formación y el desarrollo del movimiento. Así, en esta sala el espectador podrá ver cómo se retrataron unos a otros en numerosas ocasiones, lo que dio pie a una “interesantísima galería de retratos cruzados que refleja los vínculos establecidos entre ellos y que constituye una declaración de sus principios estéticos que refuerza la identidad del grupo”. Para ellos, el retrato era algo más que reflejar la percepción que un artista tenía del otro, querían construir la imagen del compañero a través de la combinación de los estilos y de las personalidades del pintor y del retratado, tal y como refleja la pareja de retratos realizados por Matisse y Derain durante el verano que pasaron juntos en Collioure o el caso de Raoul Dufy y Albert Marquet en Normandía. También hay una serie de autorretratos, donde cada uno de ellos expresó sus características personales y enfatizó su propia individualidad artística como una manera de definir uno de los principales valores del grupo: la autonomía y la individualidad artística de cada uno de los creadores.

La Fête foraine au Havre, de Albert Marquet. 1906, óleo sobre tabla.

La Fête foraine au Havre, de Albert Marquet. 1906, óleo sobre tabla.

En Acróbatas de la luz, un título que han tomado prestado de una carta que escribe Dérain a Vlaminck, en concreto de una frase en la que dice que al ir más allá de la línea están haciendo ejercicios de acrobacia a partir de la luz. Desde 1904 los fauves comenzaron a pasar largas temporadas en la Costa Azul. Y es esa atmósfera mediterránea toda una revelación para este grupo de artistas en tanto en cuanto pudieron estudiar la incidencia de la luz en el color, lo que se tradujo en la intensidad cromática de sus paletas.

Henri Matisse, de André Derain, 1905, Londes Tate © André Derain.

Henri Matisse, de André Derain, 1905, Londres Tate Modern © André Derain.

En el verano de 1905, periodo decisivo para el fauvismo, Matisse y Derain se instalaron en el pueblecito pesquero de Collioure, donde vivieron un período marcado por la intensa cooperación artística y  por la gran producción de obras que posteriormente expusieron en el Salon d’Automne. En el caso de Matisse, que todavía estaba influenciado por el neoimpresionismo de Signac, encontró en el “ímpetu juvenil de Derain un estímulo para trabajar con una mayor libertad pictórica. Por su parte, Derain ganó confianza en su pintura gracias al apoyo de Matisse, que era diez años mayor que él y ya gozaba de una cierta reputación”, puntualiza Ocaña. El resultado, los dos artistas fueron liberándose de la rigidez de la técnica puntillista de obras como Figure à l’ombrelle de Matisse o Bateaux à Collioure de Derain, creando una técnica variada, audaz y espontánea, que se aprecia en obras como Le Faubourg de Collioure.

André Derain, de Henri Matisse, 1905, Londres, Tate, adquirido con la colaboración del Knapping Fund, del Art Fund y del Contemporary Art Society, así como de patrocinadores privados, en 1954 © Succession H. Matisse.

André Derain, de Henri Matisse, 1905, Londres, Tate Modern, adquirido con la colaboración del Knapping Fund, del Art Fund y del Contemporary Art Society, así como de patrocinadores privados, en 1954 © Succession H. Matisse.

Por su parte, Camoin, Manguin y Marquet pasaron el verano en la Costa Azul. Manguin, junto a su familia, se alojó en una villa con un gran jardín en las afueras de Saint-Tropez, donde retrató a Jeanne, su mujer, tanto en escenas domésticas como en desnudos en medio de la naturaleza. Junto a sus compañeros Marquet y Camoin recorrieron parajes de Cassis, Agay y Marsella. “Allí produjeron paisajes de colores intensos y atrevidos pero sin la libertad de ejecución de las obras de Derain y Matisse”. Vlaminck, el más salvaje de los fauves, permaneció en Chatou, pintando en solitario paisajes vertiginosos de colores saturados.

Restaurant de la Machine à Bougival, de Maurice de Vlaminck, h. 1905, París, Museo de Orsay, donación de Max y Rosy Kaganovitch, 1973 ©Maurice de Vlaminck ©RMN-Grand Palais (musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski.

Restaurant de la Machine à Bougival, de Maurice de Vlaminck, h. 1905, París, Museo de Orsay, donación de Max y Rosy Kaganovitch, 1973 ©Maurice de Vlaminck ©RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski.

El cuarto apartado, La fiereza del color, se centra en cómo a partir del escándalo que supuso la exposición del Salon d’Automne de 1905 fortaleció la identidad de los fauves. A partir de entonces expusieron con frecuencia en las galerías de arte moderno de París y contaron con el apoyo de marchantes como Ambroise Vollard. En el caso de Derain, Vollard le financió tres viajes a Londres, donde creó algunas de las pinturas más espectaculares del fauvismo. Marquet, en París, realizó también una importante serie de vistas urbanas, de colores más apagados pero con una asombrosa capacidad para traducir la atmósfera de la ciudad, desechando los detalles y centrándose en lo esencial.

Port de Marseille, Notre-Dame-de-la-Garde, de Charles Camoin, 1904, colección particular © Charles Camoin.

Port de Marseille, Notre-Dame-de-la-Garde, de Charles Camoin, 1904, colección particular © Charles Camoin.

Con la incorporación a primeros de 1906 de tres artistas provenientes de Le Havre: Raoul Dufy, Othon Friesz y Georges Braque, el fauvismo se renovó. Estos creadores también adoptaron la costumbre de pintar juntos. Marquet y Dufy recorrieron la costa de Normandía y Braque y Friesz estuvieron primero en Amberes y luego en l’Estaque y la Ciotat (Marsella), donde la luz del Mediterráneo les inspiró “para subir de tono su paleta y crear brillantes pinturas de colores exacerbados y formas serpentinas”.

Nu assis, de Georges Braque, 1907, Colección S&P Traboulsi © Georges Braque.

Nu assis, de Georges Braque, 1907, Colección S&P Traboulsi © Georges Braque.

La exposición se cierra con Senderos que se bifurcan, donde se analiza el paso del fauvismo cezanniano a los inicios del cubismo y los distintos caminos que tomaron los fauves a partir de 1907. Un hecho que fue motivado en cierta manera por el redescubrimiento de la obra de Cézanne en la retrospectiva del Salón de 1907, junto al hallazgo de la escultura primitiva y el impacto que les causó Las señoritas de Aviñón de Picasso. En este apartado se muestra también una serie de cerámicas que establecen un diálogo muy enriquecedor al trasponer sus temas pictóricos a un soporte como jarras o platos. Una idea de Vollard para que la obra de arte fuese más asequible para el gran público, aunque fue un fracaso comercial.

Marguerite, de Henri Matisse, 1907, París, Musée National Picasso, donado en 1973 © Succession H. Matisse/© RMN-Grand Palais (musée Picasso de Paris) / René-Gabriel Ojéda.

Marguerite, de Henri Matisse, 1907, París, Musée National Picasso, donado en 1973 © Succession H. Matisse/© RMN-Grand Palais (musée Picasso de Paris) / René-Gabriel Ojéda.

Una exposición imprescindible en cuanto que hasta ahora en España no se había mostrado en conjunto el trabajo de este grupo de artistas que integraron el fauvismo. Un movimiento que aunque no era único y homogéneo fue muy productivo. En definitiva, un grupo de jóvenes artistas unidos por la amistad y por las mismas preocupaciones pictóricas.

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