Christoph  Haizmann únicamente deseaba ser reconocido por la actividad que más le gustaba hacer. Desde joven demostró una afinidad para las artes plásticas, al asistir al recinto religioso de su pueblo natal podía pasar horas observando los retablos que demostraban la grandeza de la santísima trinidad y el terrible destino que le esperaba a los pecadores. Siempre tuvo un interés hacia estos últimos, no podía entender cómo había personas que cometían actos horrendos a pesar de saber la suerte al que se enfrentarían en el destino final.

Al crecer no pudo evitar identificarse con Job, según la tradición bíblica, este hombre era un ganadero con una gran riqueza. Al ver esto, Satán le aseguró a Dios que el amor que profesaba Job provenía de sus posesiones y no por su fe; Yahvé para demostrarle que estaba en un error, permitió a su rival poner a prueba a su fiel. Satán castigó a Job con enfermedades, un ataque de caldeos y sabeos, pobreza, el repudio de su mujer y la muerte de sus hijos. A pesar de todo lo ocurrido, Job demostró hasta el final su fidelidad a Dios.

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No era difícil darse cuenta porqué Christoph había escogido a este profeta, estaba a la mitad de su vida y no había logrado alcanzar el éxito que había soñado en su niñez. En Traunstein, su tierra natal, nunca pudo cumplir su meta de ser un pintor famoso, razón por la que se mudó a Austria. Ahí se dio cuenta de la triste verdad, él era uno de muchos que buscaban esta quimera y estaba lejos de ser de los mejores, su arte quedaría en el olvido.

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En 1668 su padre perdió la vida, con lo que murió su fe por Dios. No era fácil ser Job y por fin sucumbió a la tentación del ser que le había colocado todas las pruebas. Satán se le presentó en un bosque, adoptó la forma de un aristócrata y varias veces le insistió pactar un acuerdo. Christoph se negó las primeras veces, las imágenes que vio en su niñez todavía estaban presentes; sin embargo, todo cambió cuando recordó que su padre ya no estaba con vida. Tuvo que firmar en dos ocasiones: una con tinta y en la otra con sangre; todo valía la pena, su alma era insignificante si se comparaba con una inspiración artística de nueve años.

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El tiempo pasó y todo indicaba que Christoph había sido engañado, nunca alcanzó el éxito que buscaba y en agosto de 1677, sufrió una serie de convulsiones que amenazaron su vida. No era necesario llamar a un doctor, todos sus conocidos sabían que Lucifer simplemente estaba reclamando lo que le pertenecía, lo único que podían hacer era acudir una iglesia de Pottenbrunn y esperar lo mejor.

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En ese recinto religioso tuvo su primer exorcismo, por medio de rezos y penitencia se fue liberando poco a poco su alma. El 8 de septiembre sus esfuerzos resultaron exitosos, a la medianoche un dragón alado lo visitó en la capilla sagrada para devolverle el pacto de sangre. Ante esta liberación decidió darse una nueva oportunidad, se mudó a Viena, donde vivió con una hermana. Lo que no sabía era que el demonio no iba a permitir que su pertenencia se fuera tan fácilmente.

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Los ataques regresaron: tenía constantes visiones y periodos de amnesia, volvieron las violentas crisis convulsivas acompañadas de sensaciones sumamente dolorosas. Esta vez el diablo estaba ausente, ahora eran figuras sagradas quienes lo atormentaban.

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En mayo de 1678, regresó a la iglesia por ayuda, le dijo a los padres que en esta ocasión debían ayudarle para exigir al diablo la devolución del pacto de tinta. Ingresó en la Orden de los Hermanos Hospitalarios, fue tentado una vez más por el espíritu del mal, pero estos intentos fueron rechazados. el hermano Christoph murió dos años después de una fiebre agitada y por fin en paz.

Las grandes mentes de nuestro tiempo se interesaron por los demonios que persiguieron a Christoph  Haizmann, Sigmund Freud aseguró que el diablo que protagonizó esta lucha en realidad representaban las enfermedades neuróticas de su huésped. Al final, curiosamente el demonio se encargó de cumplir su aparte del trato, ya que el arte del atormentado pintor logró trascender su tiempo.
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