Dentro del lenguaje de la dramaturgia, el monologo (mono=uno, logo=palabra) también es denominado soliloquio: una escena unipersonal donde el actor reflexiona en voz alta alguna de sus inquietudes (por general metafísicas) dentro de un entorno relativamente específico: la sala del teatro pero también la plaza pública. En el escenario de la vida moderna los monólogos se podrían caracterizar como la moneda común dentro del ámbito de la comunicación de masas, la publicidad, el discurso político, pero también, en la escala ciudadana. El monólogo puede rozar con algún extremo de la alienación social.

Para su proyecto Monólogos, que se presenta en la Sala de Arte Gasco de Santiago hasta este 25 de noviembre, la artista chilena residente en Nueva York, Julia San Martín, ha construido lo que podríamos llamar un cuerpo de 34 viñetas extraídas de su propia experiencia con el contenido de situaciones cotidianas donde se producen monólogos. Sin llegar al retrato social o a la lírica que mucha obra que parte de este tipo de premisas desarrolla, Monólogos abre un campo donde la interpretación personal puede cómodamente confrontar sus premisas con principios y problemáticas provenientes de ámbitos sociales, culturales y, obviamente, estéticos.

Un grupo de cuatro pinturas de gran formato presentan diferentes figuras (incluido un gato negro) en situaciones grupales. Allegro, La Opera y Los Músicos nos ilustran momentos del mundo de la interpretación musical donde, específicamente  el desempeño colectivo se alinea para ser una sola vibración. Por el contrario, El Dirigente se plantea como la expresión de un discurso politizado donde el colectivo es virtual e ideológicamente dirigido por el discurso: el afán de persuasión enmascarado como un verdadero soliloquio poético de utopías queda al descubierto por el espectador  (el orador muestra sus cachitos y cuenta con su respectiva tarima).

En contraposición a estos sistemas de hablas consentidas y de contenidos validados tanto social, como cultural y políticamente, San Martin presenta dos polípticos y una pintura (Burnt out balls, 2016), donde la auto-expresión se plantea como un vehículo comunicacional que se produce de forma inesperada, pueril y en muchos casos, como una solución in situ guiada por el impulso catártico. Eres una pendeja, Con el agua hasta el cuello o Hasta cuándo nos recortan son algunos de los títulos de las obras presentes en uno de los polípticos. A diferencia del orden y la actitud contemplativa que se exhibe en el primer grupo, tanto el color como la figuración describen un universo más susceptible al desbordamiento. A diferencia de la fisionomía casi totémica de las figuras anteriores, la mayoría de los personajes presentes en estos conjuntos muestran sus  extremidades,  tiene pilosidad, e incluso protuberancias. La paleta de la artista también cambia drásticamente, incluye tonos verdosos, rosados fluor, los que contribuyen a que el espectador reconozca y evoque la atmósfera urbana que recorre estas series.

Vista de la exposición Monólogos, de Julia San Martín, en Sala Gasco, Santiago de Chile, 2016. Foto: Leonardo Portus
Vista de la exposición Monólogos, de Julia San Martín, en Sala Gasco, Santiago de Chile, 2016. Foto: Leonardo Portus

Existe un tercer grupo de obras (compuesto por tres piezas), cuyo tono, más introspectivo, parece apuntar, tanto a nivel de materialidad como de configuración, a los principios propios del territorio de ciertos paradigmas estéticos trazados por obras, ahora, emblemáticas  (una de estas piezas, dispuesta en el entorno de uno de los textos introductorios a la muestra, recuerda a Daylabay (1967) de Robert Rauschenberg).

Es interesante notar cómo dentro de esta pequeña “sección”  de Monólogos  se pueden generar ciertos puentes hacia zonas referenciales contenidas en el cuerpo de la obra. Por un lado, el eco a ciertos principios trazables en la color-field painting;  por otro, a la articulación de ciertos lenguajes transicionales que conviven dentro del ámbito de la caricatura.

La elección de una paleta de tonos correlativos o próximos le permiten a la artista generar una dinámica donde el mutismo del gesto va dando vida, primero a las figuras que protagonizan la muestra,  y luego,  al habla de éstas. En obras como El Dirigente o Allegro el trazo de color se va extendiendo uniformemente  a través de la superficie hasta dar con una corporalidad precisa para la figuras.

En su ensayo Pintura de tipo americano [i], Clement Greenberg  describe el proceso de la pintura de Mark Rothko: “El color al no verse fragmentado por cambios de valor súbitos o por incidentes provocados por el dibujo o la composición, respira desde el lienzo con un efecto envolvente, que el mismo tamaño del cuadro intensifica. El espectador tiende a comportarse ante esta situación de una manera más próxima a como lo haría ante un decorado o un entorno espacial…” [ii]  El espectador, de alguna manera, llega a un umbral de significación donde se comunica con la obra a través de un proceso de decodificación de su contenido crudo (¿abstracto?).

Vista de la exposición Monólogos, de Julia San Martín, en Sala Gasco, Santiago de Chile, 2016. Foto: Leonardo Portus

Como complemento a la experiencia sublime que supone el desentrañamiento de un universo inesperado a través de la pintura, nos encontramos con la expresividad de las figuras que se han instalado frente a nosotros. Algunas incluso esbozan palabras, muestran sus dientes, poseen un carácter. El modelo de la caricatura podría funcionar como un elemento dinamizador para comprender la experiencia que describe Monólogos.

La caricatura dentro de su condición de espejo social posee una estructura expresiva donde tienen lugar procesos de colisión de principios (estéticos, culturales, sociales) basados en la idea de buscar la esencia, de revelar la verdad interna. La caricatura no solo recurre a la deformación o la distorsión al servicio del ridículo, sino también al retrato de lo idealizado, lo heroico, incluso lo clásico, a través de la confrontación de conceptos reconocibles.

En sus Notes on Caricature [iii] Mike Kelley plantea: “Es interesante pensar en las dualidades de la distorsión – aquella que mejora las cosas, la otra que las empeora – como análoga a la dicotomía primaria del arte modernista. Porque el Modernismo también distorsiona, y predominantemente, en uno u otro de los dos modos: a través de una abstracción expresiva o a través de la reducción” [iv]

En las bellas artes la reducción tiende a asociarse con la revelación del ideal. Raramente la distorsión y la reducción son utilizadas agresivamente. Una de las atracciones iniciales de la caricatura fue la velocidad con la cual se podía ejecutar, como si su espontaneidad se situaba cercana a los trabajos originales de la mente que para un dibujo más considerado, más mediado.

Vista de la exposición Monólogos, de Julia San Martín, en Sala Gasco, Santiago de Chile, 2016. Foto: Leonardo Portus

En una pintura como Burnt out balls (2016), la mano de la artista no se conforma con seguir un trazado o un diseño para la descripción de la figura, por el contrario, produce una extensión de ésta.  La figura está enlazada por “esencia” a un modelo humano original, pero se mantiene lo suficientemente disímil para tener una existencia propia. En la caricatura política, lo ordenado y lo expresivo (lo reductivo y distorsionado) existen cara a cara. En el espacio de las pinturas presentes en Monólogos esta división parece negarse a permanecer clara dentro de un grupo de dicotomías determinadas. Burnt out balls (2016) se sitúa alrededor de una suerte de división, por un lado la “reducción” del gesto, por otro, la “distorsión” de la realidad referencial.

Entre el ejercicio pictórico y sus vinculaciones y lo mundano –aquello a  lo que la caricatura alude-, se encuentra  justamente la serie de mensajes y reflexiones que vemos inscritas tanto en las pinturas como en sus títulos. Hay un claro afán de generar una narrativa sicológica, de retratar aquel habla aislada, pasiva/agresiva  del entorno y que se sostiene como  la opción para comunicarnos.

En Do you know what I mean, un personaje  habla (¿exclama?)  en lo que parece ser una zona adyacente a la boletería de un metro, implicando no solo una pregunta urgente del hombre actual, sino también una nula respuesta; Systems are wrong resuena como el lamento del ser contemporáneo ante la impotencia de la acción, pero también a la necesidad de exclamarlo siempre que sea necesario; Lonely Dude presenta la figura a un costado, casi gravitando próxima a una mancha, una viñeta que nos topamos más de una vez al día (y de la que podemos ser nosotros mismos los protagonistas).

La naturaleza cambiante de Monólogos da cuenta de un movimiento en los paradigmas de lo plástico. Las obras pueden ser apreciadas como la evidencia física de una experiencia que ha sido modelada a través de múltiples capas. Julia San Martín retrata un conjunto de ansiedades sociales que no tienen un territorio determinado. La artista opta por una experiencia que le permite reflexionar en torno a las condiciones de su propia práctica: las contingencias del humor, el deseo y los placeres del cambio. Finalmente, la experiencia que la artista vive en la ciudad de Nueva York es homologable a la experiencia vivida en cualquier ciudad o capital multicultural (incluido Santiago de Chile).


[i]   Aparecido en el Partisan Review, 1955 y editado al español por Siruela en 2006
[ii] Greenberg, Clement, La pintura Moderna y otros ensayos, “Pintura de tipo americano”, págs. 88-89, ed. Siruela, 2006
[iii]  Kelley, Mike, Foul Perfection, 1989, MIT Press
[iv] Varios autores: Mike Kelley, “Notes on Caricature”, págs 124-126, ed. PHAIDON

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