De los miles de edificios modernistas que florecieron en la capital belga, el centenar largo que ha sobrevivido a la piqueta invita a un asombroso viaje a los años del optimismo social de finales del siglo XIX y principios del XX. Nos asomamos a proyectos de Victor Horta, Jules Brunfault o Paul Cauchie, entre otros

Entre 1890 y 1914, Bruselas sufrió una gran transformación urbanística, que reflejaba el desarrollo económico producido por la acelerada industrialización y la llegada masiva de materias primas del Congo, la inmensa colonia privada del rey Leopoldo II, conocido en Bélgica como “el gran constructor”.

Casa Tassel, proyecto de Victor Horta.

La burguesía industrial, que se enriqueció al calor de esta expansión, encargó nuevas residencias, siguiendo las pautas d eun estilo que se definía a sí mismo como el último grito de la modernidad: el art nouveau, tomado del establecimiento abierto en París en 1895. El empleo del hierro supuso formidables avances técnicos, al permitir crear espacios cubiertos de dimensiones antes impensables, por un precio asequible. El hierro abrió techos y muros para dejar entrar a raudales la claridad en los nuevos interiores, que se organizaron en torno al eje proporcionado por el pozo de luz que entraba en la característica luciérnaga central.

La revolución arquitectónica estuvo acompañada por un nuevo concepto decorativo, inspirado en gran medida en motivos vegetales. Huyendo de la recta, las formas se curvaron siguiendo las volutas de los pedúnculos florales y el arabesco se adueñó de rejas, pasamanos, vidrieras, tiradores y remates, hasta llegar a la saturación curvilínea y vegetal de los interiores.

Varios miles de villas, almacenes y tiendas, diseñados de acuerdo con las nuevas pautas, cambiaron el rostro de Bruselas durante un par de décadas. El estallido de la Primera Guerra Mundial, los estirones urbanísticos de la ciudad y el cambio de gusto acabaron con la mayor parte de ellas, pero al menos quedan hoy 150 edificios de la Bruselas modernista, que componen un recorrido por los años del optimismo económico y la confianza en sí misma de la clase dirigente del cambio del siglo.

Hoy, varios de estos edificios han sido transformados en museos y centros de exposiciones para salvarlos de la ruina segura. Su nueva función garantiza una fuente de ingresos que les permite financiar su mantenimiento.

La tira cómica es un arte en el que los artistas belgas han tenido un papel decisivo y el centro dedicado a sus creaciones ocupa una de las piezas de mayores dimensiones, levantada por el arquitecto Victor Horta, en 1906. El edificio, que estuvo durante más de veinte años abandonado hasta que se rehabilitó para su nueva función, era originariamente un gran almacén de textiles, propiedad del comerciante Charles Waucquez.

Los 4.000 metros cuadrados de exposición se organizan en dos plantas inundadas de luz, ya que la cubierta es de cristal y del mismo material son las losetas de la primera planta, lo que permite crear un ambiente de luminosidad ininterrumpida, solicitada por el cliente para que se apreciara bien el colorido de los tejidos.

Museo del Cómic, un proyecto de Victor Horta de 1906. En origen fue un gran almacén de textiles y estuvo abandonado durante años hasta que fue rehabilitado como museo.

Museo del Cómic, un proyecto de Victor Horta de 1906. En origen fue un gran almacén de textiles y estuvo abandonado durante años hasta que fue rehabilitado como museo.

Convertida en museo, es un excelente ejemplo del concepto de interior donde los pisos se suceden como en un moderno loft, abierto al eje de luz que se difunde de manera cenital desde la impresionante escalera central.

Teórico de una arquitectura integral, que se inmiscuye en todos los detalles de la casa, Horta diseñó los muebles, los motivos de los mosaicos, las alfombras, los tiradores, las lámparas y el papel de las paredes de la casal que le servía tanto de taller como de vivienda y que compartía con su hija.

Escalera de la Casa Museo de Victor Horta en Bruselas.

Escalera de la Casa Museo de Victor Horta en Bruselas.

A Jules Brunfault, otro célebre arquitecto modernista se debe la que quizás es la más espectacular residencia privada del periodo. Construida en 1903 para Edouard Hannon, un ingeniero y fabricante de sosa cáustica aficionado a la fotografía, la mansión que había quedado abandonada en 1966, ha sido rehabilitada para convertirla en el Espacio Fotográfico Contretype. En la actualidad se encuentra de nuevo en obras de rehabilitación.

En entusiasmo de Hannon por le nuevo estilo se muestra, como en la casa de Horta, en la aplicación exhaustiva de las mismas pautas decorativas a todos los elementos de la vivienda, que gira en torno a una escalera oval, decorada con un fresco del pintor Paul-Albert Baudouin (1844-1931).

Las habitaciones se organizan en espiral, cumplen sus diferentes funciones sin mezclarse, pero sin romper la continuidad de un único espacio que, a diferencia de la mayor parte de las construcciones modernistas, recibe la iluminación desde la fachada y no desde el eje de la escalera.

Hotel Hannon, un proyecto de Jules Brunfaut.

Hotel Hannon, un proyecto de Jules Brunfaut. Arriba, detalle de fachada de este edificio.

Diseñado por Saintenoy, es en este edificio donde más lejos se llega en la fusión de interior y exterior, al optar por una estructura totalmente de hierro y cristal, a semejanza de los pabellones de las grandes exposiciones universales de la época. Edificado originariamente para ser tienda de alfombras y tejidos, la construcción alberga hoy el Museo de Instrumentos Musicales.

Old England Shops, diseño de Saintenoy.

Old England Shops, diseño de Saintenoy.

De 1905, esta es una de las construcciones más populares de Bruselas por su fachada serigrafiada que reproduce figuras femeninas, dispuestas simétricamente a ambos lados de un gran ventanal circular. El estilo de la composición procede de la Escuela de Glasgow.

Fachada de la Casa Cauchie, proyecto de Paul Cauchie.

Fachada de la Casa Cauchie, proyecto de Paul Cauchie.

Extravagante construcción de Gustave Strauven de 1903, en su fachada de solo cuatro metros de ancho la curva se retuerce y se recarga con tanta tensión que parece como si el arquitecto tuviera la intención deliberada de hacer una inquietante caricatura de los plácidos valores de sus colegas. El jardín convertido en selva.

Hotel Saint Cyr, de Gustave Strauven.

Hotel Saint Cyr, de Gustave Strauven.

 

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