Cada que mires el cielo, recuerda un poco a Miró y la gran amistad que sostuvo con Kandinsky por algún tiempo. Ellos son la ejemplificación perfecta de la unión intelectual y la comprensión creativa que debe existir entre dos personas inquietas por transformar mundos.

Historia de mentes 

Cuentan que Miró fue prácticamente el iniciador de esta conexión casi mística con el artista ruso; en 1925, el pintor de Mallorca le dedicó uno de sus cuadros más enigmáticos y extraordinarios que podríamos imaginar, “Este es el color de mis sueños”, se componía primordialmente del azul, reflejo lumínico que fascinaba a Kandinsky y promovió aún más el encuentro entre estos dos gigantes de la pintura modernista, aunque éste no sucedió sino hasta 1935 durante una visita de Vasili y su mujer a casa de los mallorquines.

La unión especial fue protagonizada en su momento por un hilo conductor bastante peculiar: el de la forma viva. Miró, cerca de 1940, trabajaba en sus constelaciones pictóricas y en los mundos poéticos de Normandía mientras Kandinsky comenzaba a interesarse por los temas científicos y su resonancia en el arte a partir de la botánica, la zoología, la embriología y otras ramas que hicieron migrar su producción de lo geométrico a lo biomorfe.

Si bien es cierto que Vasili perteneció por largo tiempo a la Bauhaus, fue gracias a la relación que sostuvo con Joan que la experimentación con las formas y su palpitar se hizo casi idéntico a la pintura del español barcelonés.

 


Composición ocho (1923), Vasili Kandinsky

 

DIFERENCIAS :

Entre ambos artistas hubo un ir y venir entre la técnica divisionista y otras formas de realización, pero de manera más clara, resulta que para Kandinsky era de mayor dificultad renunciar a los límites en comparación con Miró.

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Línea transversa (1923), Vasili Kandisnky

Las formas identificables también fueron un juego entre ambos genios; mientras éstas aparecían con frecuencia en la obra de Miró, se ocultaban en la Kandisnky y viceversa. Por temporadas se mantuvo ese diálogo, aunque el mallorquín terminó optando por una indefinición más grande.

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La sonrisa de las alas extravagantes (1953), Joan Miró

Mientras que en las pinturas de Kandinsky se notan experimentaciones con la forma y su movimiento, en Miró se advierte una relación mítica y un estudio sobrenatural de la Tierra que van de lo onírico a lo paranormal.

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Tríptico (1962), Joan Miró

Miró siempre fue un detallista; aún en los trazos o en las composiciones de carácter accidental había una apuesta magna por el elemento minúsculo. En cambio, para Kandinsky, el todo era todavía mas importante.

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El carnaval de arlequín (1925), Joan Miró

La mayoría de las veces, en la pintura de Vasili se hace evidente un estudio que transita de lo geométrico a lo orgánico, mientras que en la obra de Joan hay una demostración de conexiones míticas y espirituales con el mundo.

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Composición VII (1913), Vasili Kandisnky

En algunos cuadros de Miró las formas parecen ser resultado de la casualidad o la espontaneidad de una mente creativa. En las producciones de Kandinsky todo parece un poco más medido, más regulado por la mirada analítica.

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Signos y constelaciones enamorados de una mujer (1941), Joan Miró

Con el tiempo, el trazo y la idea de Joan Miró se hicieron más limpios, más sutiles y conceptuales. Opuesto a Vasili Kandinsky, quien maravillado por esos movimientos de la naturaleza, buscaba siempre la forma de reunir la mayor cantidad posible de cuerpos en sus pinturas.

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Varios círculos (1926), Vasili Kandisnky

 

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